Gustavo Faverón Patriau

"CREE MIRAR EL PAÍS A LA DISTANCIA": 
EL ANTICUARIO DE GUSTAVO FAVERÓN

Por Eduardo González Cueva


Tengo amigos cuyas muertes tempranas me envejecen. Se me han quedado en las fotografías de su juventud, ahora perpetua. Ninguna de sus muertes es punible: a uno lo mató el mar, a otro el Estado, al tercero, su propia mano. Y yo sobrevivo, de modo que, además de envejecerme, la suerte de mis amigos me hace un sobreviviente, quién sabe si un traidor.

El grupo de edad (no sé si llamarle generación) al que pertenecemos Gustavo Faverón y otros sobrevivientes no ha sido muy afortunado. Al mismo tiempo, no ha sido un grupo que creyera mucho en la fortuna. Enemigos del fatalismo, herederos de los 60 y 70, a todo le queríamos dar una explicación coherente, ya sea que nos ocupásemos de la política, de la literatura o de nuestra vida privada.

Optimistas del razonamiento, nos dimos de cabeza con la realidad enloquecedora del Perú que nos tocó: el de Chuschi, el de Uchuraccay, el del Frontón, el de Tarata. Frente a esas imágenes, todos reaccionamos de manera diferente. Hubo quien se refugió en sus libros, quien abrazó el caos, hubo quien se volvió un místico. Poco importa: todos perdimos.

Hace sólo unos días, alguien me llamó para recordarme que se cumplían 20 años de la desaparición de Ernesto Castillo y para pedirme unas impresiones y entonces caí en la cuenta de que esta historia, a pesar de ser reciente y de ser todos nosotros testigos en primera persona, jamás había sido contada. Será por la culpa del sobreviviente. Será por la irrelevancia política del grupo social del que vinimos. Será por la costumbre de relativizar nuestras tragedias frente a las de otros. Qué será, pues.

Cuando Gustavo Faverón me envió una copia de “El Anticuario”, le prometí que escribiría algo. Pero no pude. Me pareció una historia difícil de leer para quien conoció al verdadero “Daniel” y encuentra en su descripción –flaco, torpe, hastiado, tímido- un retrato exacto de lo que fue “Daniel”, de lo que todos fuimos. Sentía, por un lado, que no podía agregar nada a lo ya dicho por “El Anticuario”, que es la historia de una amistad escondida en la forma de una novela policial. Por otro lado, sentía que decir cualquier cosa mínimamente significativa, anclada en la realidad, sería la ruptura de un secreto, una deslealtad o una imprudencia.

No fue sino hasta lo de Ernesto que encontré lo que quería decir. Y es esto: de los amigos que conocí en el patio de Letras de la Católica, recuerdo por lo menos a una docena que caen en las categorías de suicidas, exiliados sin posibilidad de volver, o asesinados. Nadie ha contado esa historia. Ni los escritores, ni los periodistas, ni la CVR, ni nadie.

Cada generación vive en sus historias personales la historia del país; para una que vivió una catástrofe nacional, era imposible no vivir una catástrofe personal. Vemos el país a la distancia de nuestros exilios internos y externos y –de pronto- descubrimos que esa distancia es sólo una creencia: ni el país se ha ido, ni nosotros nos hemos ido. Todo lo que ha ocurrido es que nos hemos pasado el tiempo buscando las metáforas necesarias para darle sentido a lo que nos pasó.

Gustavo Faverón propone una posible metáfora: una ciudad sombría que crece como en sueños, alejándose de un centro en el que, por una razón irónica, se alberga la sinrazón. En efecto, en “El Anticuario”, el manicomio en el que transcurre la historia no está extramuros, sino en el centro.

La ciudad no se parece en nada a Lima, aquél tópico infaltable de la literatura criolla. En lugar de la ilusión de racionalidad del damero colonial, hay dos grandes espirales construidas sin plan alguno y, en lugar de la plaza central en la que se concentra el poder, hay un bloque de cemento que asemeja a un ataúd, en el que se ha arrojado a los locos, es decir, a aquéllos que han renunciado a la narrativa compartida con los otros y viven en la suya, en sus historias, que sólo ellos entienden.

El personaje, “Daniel”, intenta que los locos tengan una misma historia: les lee libros, se yergue entre ellos como un predicador, se ocupa de sus vidas, los adopta, los convierte en claves para transmitir un mensaje secreto y desesperado. El loco principal tiene una altísima racionalidad; el mensaje que intenta transmitir no es alucinación, es simplemente un secreto.

El narrador, “Gustavo”, es un psicolingüista. Su trabajo es descifrar mensajes, incluso donde otros profesionales del desciframiento, como los detectives, fracasan. En la estructura laberíntica de la novela, encuentro que “Gustavo”, el narrador, y Gustavo, el escritor, buscan con desesperación la posibilidad de que “Daniel” sea inocente del crimen del que se le acusa.

La racionalidad del psicolingüista, que escapa al detective, es afectiva. “Gustavo” descifra las claves de “Daniel” siempre en medio de escenas de insomnio que parecen sueños. La historia transcurre en escenas y diálogos ejemplares, cargados de significado y de represiones. La única guía en medio de esa historia alucinante y siniestra es la lealtad del amigo.

Todos perdimos amigos en la ciudad no metafórica que fue el país, y todos quedamos marcados por la culpa del sobreviviente. Nuestras racionalizaciones buscan, probablemente, como en “El Anticuario” crear una historia policial en la que, al final de todas las claves, el culpable es inocente. Una historia, más aún, en la que hacemos lo que nunca pudimos hacer en la realidad: demostrar esa inocencia.

Me es imposible escribir una crítica literaria. No sé de literatura nada más allá de lo que sabe el lector promedio. Me anima a poner estas líneas juntas el hecho que tanto Gustavo Faverón como Daniel Salas han dejado en claro que “El Anticuario” es una reflexión personal y generacional, un asedio al laberinto del pasado, mirar al país a la distancia, pero no.

Creo que una gran obra de arte es siempre ese tipo de reflexión paralela. Una manera melancólica y estoica de situarse en la vida, al cabo de una gran derrota. Basta leer a Vargas Llosa o a Arguedas –como lo ha hecho notar Daniel Salas- para encontrar que cada gran novela es una historia paralela, más o menos explícita, a una historia personal. “Ultimo diario” y algunos capítulos de “El pez en el agua” (de hecho, la estructura de "El pez en el agua" y de varios textos de Vargas Llosa) confirman esa intuición.

En el caso de “El anticuario”, nos enfrentamos a una gran novela, porque subyace a ella una gran ambición: la de contar una historia no contada y, al hacerlo, superar el exilio de una generación. Es, sin embargo, una ambición moderada por el escepticismo de quien ha visto muchas derrotas, porque, como dice el narrador, “…tampoco los que viven en la ciudad la alcanzan a conocer por completo; eso es imposible.”