Gustavo Faverón Patriau

¿CUÁNDO SE CONVIRTIÓ BOLÍVAR EN LA VIRGEN DE GUADALUPE?
Por Gustavo Faverón Patriau
Publicado originalmente en la revista Velaverde


¿Alguna vez se han preguntado qué culpa tiene Bolívar? ¿Qué pensaría el patilludo, solitario y laberíntico “libertador” de media América Latina si, al despertar en su mausoleo, se fuera a dar una vuelta por este continente del cual un día él quiso ser emperador, después rey, después dictador, después generalísimo, después presidente y después se murió no sin antes ser buena parte de esas cosas y ordenar que se fundara un país con su nombre? ¿Qué pensaría Bolívar del movimiento bolivariano? ¿Qué pensaría de su retrato en el saloncito de entrada de todas las Casas del Alba que proliferan por la región? ¿Qué pensaría al ver su nombre enlazado en la historia, a posteriori, con el populismo gritón y cumbiambero de Hugo Chávez, cuyos voceros oficiosos son hoy una masa de paramilitares encapuchados y, por supuesto, el pajaritico visionario de Nicolás Maduro?

Bolívar como símbolo de una supuesta revolución socialista es un hecho tan absurdo y caricaturesco como la cara del Che Guevara que dibujan los rockeros pacifistas en sus camisetas: así como nada tiene que ver Guevara con la paz, nada tiene que ver Bolívar con el socialismo. Por supuesto, en el segundo caso, el caso venezolano, el absurdo acaba pareciendo más o menos comprensible porque tampoco el chavismo tiene mucho que ver con ninguna idea articulada de revolución social, de modo que exigirle coherencia simbólica es pedirle peras al olmo.

Chávez empezó a construir su confuso y monótono discurso a partir de la lectura de manuales velasquistas. Por supuesto, Velasco nunca hubiera tomado a Bolívar como insignia de su revolución, porque Velasco tenía vocación indigenista (de allí su reivindicación de Túpac Amaru) y en ese terreno Bolívar siempre fue y siempre será una hoja en blanco, en el mejor de los casos, o una vergüenza galopante, en el peor, porque Bolívar veía a los pueblos indígenas de América como una masa manejable de ignorantes supersticiosos a los que se debía aprovechar como carne de cañón y después controlar con mano de hierro. Bolívar, a decir verdad, veía de esa manera a cualquier hispanoamericano que no formara parte de la élite criolla.

Y sin embargo, Bolívar no tendría derecho a quejarse de su transformación en ícono de la supuesta revolución, aunque ella nada tenga que ver con sus ideas. ¿Han leído su famosa “Carta de Jamaica”? La escribió en 1815 y allí analiza uno por uno los procesos de independencia de las naciones americanas (cree que todos serán victoriosos; el único que le causa dudas es el peruano, con toda razón). Cuando llega al caso de México, su admiración por la forma en que esa guerra se había conducido desborda y estalla en halagos y observaciones que parecen extraídas de un manual de demagogia. La descripción que ofrece Bolívar de la guerra de independencia mexicana hace hincapié en un elemento crucial: el populismo mentiroso convertido en forma de manipulación e instrumento de propaganda. Hablando del fervor religioso del pueblo mexicano, que le parece un culto extremo, enloquecido y supersticioso, Bolívar anota:

“Felizmente, los directores de la independencia de México se han aprovechado del fanatismo con el mejor acierto, proclamando a la famosa virgen de Guadalupe por reina de los patriotas, invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad. La veneración de esta imagen en México es superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más diestro profeta”.

A Bolívar le parece encomiable, sagaz y visionario el truco de los criollos mexicanos que utilizan la fe religiosa para incorporar el fanatismo a su propia causa y convierten, de ese modo, al pueblo que pelea sus batallas, en un títere de sus engaños. Trasmutar a la virgen de Guadalupe en generala pragmática de las tropas, en divisa de las guerrillas y en señuelo para enlistar guerreros sonámbulos le parece una maniobra no sólo inteligente, sino digna de imitación. Ésa es “la unión... que nos falta”, dice en el párrafo siguiente. Entre todos los estrategas políticos de América Latina, Bolívar es el primero y el más transparente en declarar que la invención de símbolos vacíos y la improvisación de íconos de fantasía aptos para la manipulación de los pueblos es el camino a seguir si se quiere expandir un movimiento de clase y convertirlo en masivo y nacional.

No parece una mala ironía que al cabo de doscientos años Bolívar sea la virgen de Guadalupe de los bolivarianos de hoy. Las élites venezolanas y las élites de media región han pasado dos siglos convenciendo a los latinoamericanos de que Bolívar es una especie de figura suprahumana, semidivina, profética, que encarna o encarnó un ideal que todos deberíamos compartir, un ideal de igualdad, fraternidad y panamericanismo sin fronteras. Esto, a pesar de que Bolívar, en el fondo, como es bien sabido, no tuvo mayor inclinación igualitaria y sólo luchó por la libertad de las élites para dirigir la suerte de la región sin rendir tributo o bajar la cabeza ante la metrópoli española, es decir, por transformar América en lo que ya era, pero borrando el poder europeo. Durante doscientos años las clases dirigentes de América Latina repitieron que esos ideales, atribuidos por ellos a Bolívar, debían ser la meta de la región, pero hicieron poco por cristalizarlos. Nada más fácil para un líder populista como Hugo Chávez que coger el mismo ideario, hacer notar la forma en que había sido tan puntillosamente defendido de los labios para afuera como incumplido en la realidad, y transformarlo en una bandera revolucionaria. Ese juego de prestidigitación que transforma a Bolívar en un símbolo de todas las cosas que no fue es probablemente el acto más bolivariano del chavismo: la lección de la demagogia y la triquiñuela embustera.

No es lo único. Hay por lo menos una lección más que Chávez aprendió de Bolívar: la megalomanía panregional: el sueño de gobernarlo todo, de ostentar todo el poder, un sueño intrínsecamente opuesto al sueño socialista, que es, o debería ser, o quizás ya fue, el de la distribución igualitaria del poder. Lo triste es que el truco chavista ha engañado no sólo a millones de venezolanos y latinoamericanos de a pie, sino que también ha atrapado a los líderes de la izquierda, que ahora parecen incapaces de desmontar el engaño y, en vez de denunciar a Chávez como un falsificador de sus discursos, le sirven al chavismo como guardianes y espantapájaros y defienden la satrapía hereditaria de Nicolás Maduro como si la finta bobalicona de revolución que este hombre dirige fuera la personificación misma de los ideales de la izquierda. Y mientras tanto, Nicolás Maduro, bolivariano por aprendizaje chavista, usa al mismo Chávez como su nueva virgencita.

En 1891, un verdadero revolucionario cubano, José Martí, escribió en su célebre “Nuestra América”, esta simple observación: “En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con la mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno”. En esa sencilla aserción, Martí, un defensor real de la educación de los pueblos, y no del embrutecimiento de los pueblos, describía por anticipado el panorama de América Latina hoy: un continente que se debate entre patanes de izquierda como Maduro, Correa, Ortega o Castro, y patanes de derecha como Alan García o Alberto Fujimori. Ya ni recuerdo cuál de los dos se inventó a las vírgenes que lloran. ¿Ustedes se acuerdan? ¿Ésa también sería la huella de Bolívar?